viernes, 25 de enero de 2013

Películas

Aunque nadie se ha tomado la molestia de demostrar públicamente la culpabilidad de Bin Laden, pocos ciudadanos cuestionan su participación en el ataque contra las Torres Gemelas. En un juicio con garantías las acusaciones de Estados Unidos tendrían el mismo valor que las palabras del acusado negando su autoría. Claro que en un juicio con garantías resultaría intolerable que la víctima de un atentado se erigiese en juez del terrorista. No sé si algún magistrado aceptaría como pruebas los indicios que Estados Unidos dice tener contra su antiguo aliado, pero estoy seguro de que en un supuesto juicio Bin Laden sería condenado a muerte por el Gran Jurado. Los estadounidenses, acostumbrados al argumento de los telefilmes, necesitan que el Justiciero Infinito se imponga al Príncipe de las Tinieblas para paliar así una mínima parte de su sufrimiento. De hecho, la peor noticia que los ciudadanos estadounidenses podrían recibir es que el Gobierno de Afganistán accede a todas las pretensiones de Bush y entrega al terrorista, anulando de este modo el apoteósico final que reclama la audiencia.

La espectacularidad del atentado ha contribuido a que todos percibamos la realidad como si fuera un telefilme, tendencia a la que siempre hemos sido muy proclives: los caballeros medievales ya imitaban a sus héroes de ficción organizando arriesgados torneos en los que a veces perdían la vida y que a su vez servían de modelo para los escritores de libros de caballerías. El riesgo de no establecer fronteras entre la realidad y la fantasía es que cuando el argumento de la vida no coincide con las pautas habituales de la televisión, tendemos a corregir la vida ajustándola a las leyes de la ficción y provocando efectos desastrosos. Erasmo de Rotterdam y otros muchos humanistas del Renacimiento renegaron de los libros de imaginación porque según ellos interferían el entendimiento de la realidad, y dificultaban el funcionamiento de la razón. Hoy sabemos que en las épocas de guerra la industria cinematográfica desempeña un importante papel propagandístico, y que en época de paz el cine y los programas de televisión moldean la sensibilidad del espectador e inducen en él comportamientos y opiniones determinadas.

Al mismo tiempo que Estados Unidos acusaba a Bin Laden con pruebas desconocidas, en Málaga Dolores Vázquez era acusada del asesinato de Rocío Wanninkhof sin que existieran tampoco, de acuerdo con algunos juristas que han seguido el caso, pruebas concluyentes sobre las que apoyar una sentencia tan dura. El jurado popular, que carece de herramientas profesionales para protegerse de la nociva influencia de los folletines periodísticos y de los argumentos de telefilme, tiende a impedir que las sutilezas del Derecho estropeen la acción de la justicia poética. Y más si se trata de un culebrón en el que una mujer con cara de malvada mata en un descampado a la hija de su amante. Este crimen y el de las Torres Gemelas necesitan sus culpables. Una vez que ambos han sido encontrados, más por exigencia de los telespectadores que por la fuerza de los hechos probados, sólo cabe esperar que Dolores Vázquez y Bin Laden sean, por el bien de todos, los malos de sus respectivas películas.

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