sábado, 26 de enero de 2013

Triple pista en Fuengirola

La policía sospechó de un hecho poco usual el pasado 12 de agosto: tres jóvenes habían sido salvajemente agredidas en Fuengirola entre los días 10 y 11 y no podían recordar si a la agresión siguió un intento de violación. Apenas podían reconocer algún rasgo de la identidad del agresor por el aturdimiento y la sorpresa del asalto. Una de ellas estaba ingresada en la unidad de cuidados intensivos del hospital de la localidad. Todas ellas sufrían fuertes golpes en la cara, en la boca y en la cabeza. No mediaron palabras cuando fueron sorprendidas. Dos de los asaltos se habían producido con apenas media hora de diferencia. La policía decidió trabajar sobre la hipótesis de que tales asaltos podían ser obra de una misma persona, un presunto agresor sexual que actuaba con una violencia fuera de lo normal.


 

 

La comisaría de Málaga dio órdenes específicas a sus unidades de que estuviesen vigilantes ante cualquier hecho o sospecha que pudiera tener alguna relación con estos sucesos. Se buscó en la base de datos la identidad de individuos con antecedentes por agresión sexual que vivieran por los alrededores, se rastreó incluso entre antiguos reclusos que pudieran responder a ese perfil. El día 14 de agosto desapareció Sonia Carabantes en la localidad de Coín, pero ese hecho quedó al margen de la investigación: era competencia de la Guardia civil y nada más se sabía por el momento. Cuando días después fue hallado el cuerpo de Sonia Carabantes, la policía tomó en consideración algunos detalles ofrecidos por los forenses, como el hecho de que Sonia tuviera rota una clavícula, señal de que había sido fuertemente golpeada. Algún miembro de los equipos de investigación tuvo la intuición de que pudiera existir alguna relación entre todos esos casos, siquiera fuera por la coincidencia en las fechas.

En la búsqueda de individuos sospechosos localizaron a un ciudadano holandés con antecedentes por agresión sexual que parecía haber trabajado en Coín en fechas próximas a la desaparición de Sonia. Esa información fue trasladada a la Guardia civil, quien comprobó que el holandés no coincidió con Sonia porque acudió a Coín en fechas posteriores a su desaparición.

Las órdenes del comisario jefe eran muy precisas: había que comprobar todas y cada una de las informaciones que se fueran recibiendo por irrelevantes que parecieran. Era una orden machacona, una manera de mantener la tensión en la investigación. Se trabajó también con otra hipótesis, como era el caso de la coincidencia en la celebración de fiestas patronales con la desaparición de Rocío Wanninkhof en Mijas, Sonia Carabantes en Coín y María Teresa Fernández en Motril. Era la primera vez que la policía unía estos tres apellidos. Era una posibilidad: en muchas ocasiones, junto a los feriantes se desplazan individuos que están en busca y captura por diferentes delitos, así que se procedió a cruzar datos de los feriantes para observar coincidencias.

En ese cruce de datos e informaciones que no parecían dar todavía ningún resultado, surgió el comentario de un policía a quien una amiga le había asegurado que su marido llegó a casa con las manos y la ropa manchadas de sangre hace cuatro años cuando el caso Wanninkhof. Esa mujer tenía miedo de que su marido le arrebatara a su hija. Había despertado a ese recuerdo con la noticia de la muerte de Sonia Carabantes. Se trataba de una información muy antigua, que no debía tener relación con el caso en vigor, un hilo aparentemente muy débil, pero se decidió comprobarlo: hubo una segunda entrevista con esa mujer.

De la conversación surgió un nombre, el de Tony Alexander King, y un dato impreciso sobre su domicilio actual, en Alhaurín el Grande. La policía reclamó información de un agregado británico en Málaga y éste confirmó, sin mayor precisión, que dicha persona tenía antecedentes por agresión sexual. Era una pista como tantas otras que habían tenido hasta la fecha. Llegado el 1 de septiembre se supo que el ADN del presunto asesino de Sonia Carabantes coincidía con restos de ADN de un cigarrillo encontrado junto al cadáver de Rocío Wanninkhof. Como quiera que en este segundo caso el cadáver de Sonia apareció con las piernas abiertas, se amplió la búsqueda de información en los bancos de datos sobre individuos con antecedentes por necrofilia.

Encontrar a Tony Alexander King en Alhaurín costó unos días, hasta que se localizó su lugar de trabajo y su domicilio, un piso en el interior de un colegio. Se supo también que este hombre de aspecto corpulento vivía en compañía de una mujer con tres hijos, dos de ellos adolescentes, pero nada hacía sospechar de su comportamiento salvo sus antecedentes. Tampoco fumaba Royal Crown, la marca de cigarrillos encontrada al lado del cadáver de Rocío Wanninkof, sino LM Light. Se le sometió a una discreta vigilancia. No tenían datos sobre su presencia en Coín coincidiendo con la celebración de la feria.

Parachoques

Durante la vigilancia, Tony Alexander King utilizó su coche, y fue un detalle el que alertó definitivamente a la policía: le faltaba un trozo de tulipa en el parachoques, uno de los objetos que se habían encontrado junto al lugar donde había desaparecido Sonia Carabantes. Una consulta a la Guardia Civil permitió cotejar las características de dicha tulipa y concluir que concordaban con las de ese vehículo. Quizás no era el hombre que estaban buscando a mediados de agosto, el responsable de los asaltos a las tres jóvenes de Fuengirola, pero tenía muchas explicaciones que dar sobre sucesos mucho más graves. Se procedió a su detención y, en muy pocas horas, todas las piezas encajaron: el coche, además, tenía visibles manchas de sangre, sobre todo en el asiento trasero y en el interior del maletero. Era la sangre de Sonia Carabantes. Ahora la policía volverá atrás sobre aquellos tres casos de Fuengirola que llevaron a King: es probable que el resultado sea negativo y que haya que seguir insistiendo. Seguirá siendo un caso abierto.

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