lunes, 25 de marzo de 2013

Asesinos y enfermos mentales

ENRIQUE MOCHALES Anatoli Onopienko, ucranio de treinta y nueve años, presume de ser "el mejor asesino del mundo", y no lamenta haberse cargado a 52 personas. Al bueno de Anatoli habría que sacarle de su error y desvelarle que a lo largo de la historia ha habido mejores y mayores asesinos que él, que además no tuvieron que sentarse en el banquillo de los acusados. Pero suyo es el orgullo del monstruo. Aquél que presume de sus horrendas fechorías diciendo que al menos lo que hacía lo hacía bien. Para qué mentarle a tantos dictadores, jefes o mafiosos que lo único que tuvieron que hacer fue un movimiento de dedo, o un movimiento de cejas, para ordenar y arreglar la muerte de tantos individuos. El pobre Anatoli, además de asesino, es un imbécil. Un imbécil monstruoso, diríamos un monstruoso imbécil, por redundar. Muchos asesinos hay que se refugian en la turba, en la religión, en la política, incluso en la magia, la borrachera, la venganza o el amor perdido. Al bueno de Anatoli lo único que le queda es la estupidez y la locura. ¡Qué originales y turbadoras son para los locos esas películas norteamericanas que muestran psicópatas que matan sin razón o con razones psicopáticas! Se alzarían las voces de los muchísimos enfermos mentales, si tuvieran voz poderosa, recordándonos que ellos no son asesinos, que un asesino se forma en cualquier estrato, en cualquier pliegue, y que si Anatoli es de verdad un enfermo mental o un idiota eso no quiere decir que su condición venga pareja a la de asesino. Porque entre los asesinos la mayoría inmensa son cuerdos, incluso si observamos la proporción de enfermos mentales entre la población. Para Anatoli no es deseable la pena de muerte, lo mismo que no es deseable esa despreciable condena, que no pena, para los inhumanos linchadores de Indonesia, monstruosos engendros de masas. Para Anatoli es aconsejable sombra y cuidados. Sombra entre cuatro paredes y cuidados para que viva y soporte su infierno particular. En realidad, el aspecto que ofrece Anatoli en su jaula es el de un pobre diablo que se cree el mejor asesino del mundo. Una imagen que corresponde curiosamente a sus declaraciones insensatas, y es facilísimo imaginarle, desde que está entre rejas, blandiendo el cuchillo, apuñalando sin piedad a sus víctimas como si fueran corderitos. Está claro, Anatoli es un monstruo. Es un monstruo preso. Me gustaría saber cuántos monstruos parecidos han vivido en libertad, con sus crímenes impunes, como aquél dictador que era idealista, o como muchos que han asesinado con gran dedicación. Ninguno de ellos eran enfermos mentales. Y es que a Anatoli, como a tantos otros, le han puesto la coletilla justificadora de "enfermo mental". Eso puede hacerme pensar que están criminalizando a todo el colectivo de enfermos mentales, como a los que padecen una depresión, los que tienen un terrible estrés, o aquellos psicóticos atormentados que no salen de su burbuja de obsesiones, pacíficos y eternamente solos. Qué injusta es la etiqueta policial de "enfermo mental". Y a veces uno se cuestiona, rizando por rizar el rizo de la paranoia, si el hombre malencarado que bebe un vino en el fondo del bar no habrá abandonado alguna vez un cadáver en un descampado. ¿Podría ser ese hombre normal un asesino?. No, pobre Anatoli, tú no eres el mejor asesino del mundo. No puedes compararte a aquél que un día declaró la guerra chula y envió a millones a morir al campo de batalla. Tú simplemente eres un peón de la monstruosidad. No te des ínfulas de maestría homicida, sólo eres un desdichado. Y tal vez los enfermos mentales sean los únicos capaces de perdonarte.

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